Mostrando entradas con la etiqueta anecdotario. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta anecdotario. Mostrar todas las entradas

agosto 03, 2011

El destino de los dioses humanos



Al norte de una ciudad mística de Marruecos, cuya total descripción no daré a conocer aquí, se camina por puestos extraños que tienen a la vista cosas sorprendentes. Es la extravagancia la que llama la atención, pero por ese mismo motivo es que hay tantos charlatanes; se vende basura que es valiosa, así también te encuentras con reliquias que no valen la pena.

En el lugar descrito, y de la misma manera descrita, fue que el historiador Michell Hernz encontró una sandalia, su única peculiaridad, además de ser claramente un vejestorio – una autentica antigüedad – era su suela hecha de cobre, la cual también se encontraba malgastada. Los ojos de Hernz se iluminaron al verla, su interés por obtener la pieza fue muy evidente para el negociante. El dueño de la sandalia, con ojo astuto, triplicó el precio del producto. Aún así Hernz sabía que él había salido ganando con la compra. En sus manos tenía la prenda olvidada por Empédocles antes de lanzarse al Etna, esto lo pudo corroborar después de un tiempo de pruebas y estudios que amistades le ayudaron a realizar, los datos indicaban que pertenecía tanto al tiempo como al lugar en que el filósofo había vivido, y por el tipo de suela sólo se podía deducir eso… además el encontrarse incompleto el par, daba puntos extra.

Pero qué hacer con tan semejante tesoro. Como buen amante de la filosofía, o como un gran retifista, se guardó el calzado sólo para él. Por las noches subía a la azotea y en compañía de la oscuridad del cielo, contemplaba la magia del objeto. Si las nubes pudieran hablar, se decía la oscura, podrían narrar los misterios de lo celestial, podría conocerme a mí mismo. Igual me pasa a mí, le respondía Hernz, si esta sandalia pudiera hablar, me contaría los secretos del amor y el odio, también conocería el camino a lo divino… podría a conocerme a mí mismo. Pero ni las nubes ni la sandalia hablaban.

Con el tiempo la sandalia ocupó mayor atención en la vida del historiador, dejó trabajo, dejó su poca vida social y todo giraba, irónicamente al igual que un remolino, alrededor de la baratija que había comprado en algún lugar de Marruecos. Cuando por fin la sociedad se cuestionó la ausencia de Hernz, la policía acudió a su hogar en busca de una pista, no encontró más que desorden, rastros de locura, de alguien que ha abandonado el mundo, pero antes de hacerlo combatió una feroz pelea… contra él mismo. Un camino de ceniza condujo a los uniformados al altar nocturno de Hernz, es decir la azotea, pero según lo encontrado ahí, es más preciso llamarlo altar que azotea. El final de la ceniza apuntaba una sandalia vieja, tan maltratada y tan fea, lo único que quizá de ella valía, era la suela de cobre.

Hay quienes dicen haber visto a Hernz arrojarse de la azotea y que abajo le esperaba algo muy parecido al fuego, pero que no producía calor, sin embargo no están seguros si en verdad era él. Otros afirman que un día simplemente se fue a vagar por el mundo, rumores dicen que anda por Etiopia. Otros, la mayoría, cuentan que una noche en la que hablaba solo, de pronto un ser se le presentó, y ambos girando en espiral, entre las nubes y la noche, se elevaron al cielo, donde unos ojos que observaban el mundo, los esperaba con ansias. En conclusión, no se sabe nada de Hernz, de la sandalia tampoco. Pero estoy dispuesto a encontrarla.

febrero 28, 2010

Las dos caras de la fealdad filosófica.



Según algunos discursos que he escuchado, tanto de maestros como alumnos, puedo identificar como labor de la filosofía, el encontrar lo imperfecto a las cosas, es decir realizar una constante crítica al actuar del mundo, de allí que algunos digan que la filosofía siempre será polémica. Creo no necesario mencionar que esto de polémico e ir en contra no es un capricho, sino que va fundamentado con una ardua reflexión del mundo y del hombre, a fin de cuentas es rescatar, es decir que no se pierda, el espíritu humano en las construcciones culturales.

A razón de lo anterior también podemos catalogar al filósofo como un monstruo, cómo aquél que va siempre derrumbado los pilares artificiales de la humanidad, pero al mismo tiempo construye nuevas bases que sirvan de apoyo para explicarse la vida. Será por eso, quizá, que al filósofo se le huya y se le tema, pero al mismo tiempo no se pueda prescindir de él. Hablemos de esta ambivalencia de la filosofía, y para ello remontémonos al monstruo Sócrates. Este filósofo fue uno de los mejores aniquiladores del sistema, y no sólo porque atacaba a la vulnerabilidad del Estado, al grupo fuerte, es decir a la juventud, sino que también iba directo a la yugular de ellos, a su pensamiento, así como lo dice Fedosev, refiriéndose al método socrático “nada debe estimarse cierto sin ser sometido al tribunal de la razón”[1], con ello lo establecido caía pronto al enfrentarse a la dialéctica del filósofo, aun más, tanta fue la amenaza que provocó Sócrates que su final no es de asombrarse. Sin embargo la semilla del pensamiento perduró en sus discípulos, y el ideal socrático, ya con grandes matices platónicos, se ha convertido, quizá, en la actualidad en el sistema de pensamiento predominante de occidente. Ahora es turno de discutir el segundo valor de la filosofía, es decir, canalizar esas nuevas bases que ha dado el filósofo para explicar la vida. Siguiendo el pensamiento de Nietzsche, Sócrates contribuyó a la eliminación de la tragedia Griega, con ello menguó el sentimiento dionisiaco en el hombre, volviéndolo un ser apacible, puesto que rechazaba los instintos del hombre, con ello el sentimiento era en sumo grado razonado, y no tanto sensitivo, a final de cuentas, dice el vitalista, Sócrates termina por negar la vida, es el comienzo del nihilismo, que luego fomentará Platón y que llega a su máximo con el Cristianismo.

Ya sea cómo se quiera ver, una amenaza al sistema, que pretenda exaltar al hombre, como lo hace Jung, o por otro lado como el comienzo a la decadencia, ya que niega la vida, Sócrates es un claro ejemplo de la monstruosidad que puede mostrar la filosofía, con gran razón Nietzsche comenta que cuando “un extranjero experto en rostros que pasó por Atenas, le dijo a Sócrates directamente que era un monstruo en cuyo interior se escondían todos los vicios y todas las malas inclinaciones. Y Sócrates se limitó a comentar ¡qué bien me conoce este señor!”[2]



[1] Fedosev. Metodología del conocimiento científico. Presencia Latinoamericana. Méx. 1981. Pág. 35

[2] Nietzsche, F. Cómo se filosofa a martillazos. Editorial Tomo. México, D.F. 2004. Pág. 24. (tercer aforismo del segundo capítulo).

febrero 09, 2010

Esquines y el sentimiento de inferioridad en el pensar filosófico.



Existe cierta sensación de que aquello que producimos, es decir las reflexiones propias, no tiene la calidad suficiente como para valorarse, en este caso, como filosofía. Por lo general esto se da al comparar nuestros argumentos con los de otros. Por ejemplo el problema que se presenta en México; no se hace filosofía, puesto que según algunos, el pensamiento mexicano no tiene la profundidad del europeo. El filósofo Esquines padeció tal sentimiento, lo cual impidió que se desarrollará como filósofo; Diógenes Laercio refiere que “no se atrevió a enseñar su filosofía”[1], además también manifiesta que los libros que se le atribuyen a Esquines no son suyos, sino de Sócrates[2].

Poco nos dice Laercio sobre Esquines, y casi todo se encamina a la pobreza, tanto de su vida (económicamente hablando) y el desprestigio de su pensamiento: “Aristipo tuvo por sospechoso sus diálogos” y Platón lo “despreció”. Sin embargo existe cierta nobleza o agrado por Esquines, y como muestra el que Diógenes lo tome dentro de los filósofos más ilustres, además, según el mismo biógrafo, Sócrates habló bien de él al decir: “sólo sabe honrarme el hijo del longanicero”*, esto tal vez por el espíritu altruista de Esquines, ya que al decir de Laercio, Esquines “se aplicó a defender en el foro la causa de los desvalidos”[3].

Esquines, después que Platón lo despreció y que escuchó a Dionisio por recomendación de Aristipo, regresó a Atenas, donde como se ha dicho, no se atrevió a enseñar su filosofía “por la reputación en que estaban Platón y Aristipo”[4], sin embargo “abrió una escuela privada”[5].

Este acto nos hace ver, y al mismo tiempo me contradice, que el filosofar no exige puntos máximos, sino que se relaciona con el desarrollo personal de aquel que filosofa, que el aspecto cultural juega un papel importante para la reflexión del individuo. Así que no puedo decir que el sentimiento de inferioridad no le permitió que se desarrollara, pero tal vez sí impidió que Esquines floreciera, pues hizo que negara la confrontación entre los otros discípulos de Sócrates, lo cual me hace pensar si Esquines realmente logró separarse de aquel que dijo “yo sólo sé que no sé nada”, muy posiblemente el hijo del longanicero no trascendió a esta máxima.



[1] Laercio, Diógenes. Vida de los filósofos más ilustres. Libro I;2. Editorial Porrúa. Méx. 2003. Pág. 64.

[2] Ibídem. I;1. Pág. 63.

* Esquines era el hijo de un longanicero.

[3] Ibídem. I;2. 64.

[4] Ibídem

[5] Ibídem.