febrero 03, 2010

Elogio a una buena amistad








Llego a casa aturdido y un poco mareado, he tenido cita con la psicóloga y… bueno, saben como son las charlas con esta clase de sujetos, el asunto es este: ellos preguntan abstractos acerca de tu vida y tú le contestas de la misma forma; cómo responder cuestiones de la vida, sin recurrir a complejidades, después ellos no te entienden o hacen como si no entendieran y le tienes que explicar. Así les recetas clases de cómo vivir, cómo comprender la vida y les muestras lo absurdo y detestable del mundo… todo es un asco; no sólo le es gratis, sino que eres tú quien tiene que depositarle efectivo a sus chequeras, ellos se limitan a decir frases como “vamos progresando” o “pero a fin de cuentas vives” o en el peor de los casos agachan la mirada y expresan con desaliento “nos vemos la próxima sesión”.

En fin, tú sigues yendo y pagándoles.

Hoy peculiarmente fue más detestable, al final de la sesión, me miró y apretó los labios gruesos, después habló dejando ver el colmillo izquierdo, muy amarillo que se encontraba ese diente, es como si ella, mi psicóloga, tuviera más dientes de lo normal, pues aunque su rostro se compone de dos grandes mejillas regordetas que aparentemente cubrirían todo, aún así dejan salir ese diente amarillo. La conversación fue de la siguiente forma:

- - Me hablarás de tu mejor amigo. –ordenó-

- - Pero no tengo mejor amigo

- - Escoge uno y me hablas de él

- - Tengo problemas con eso del habla, por qué no mejor le escribo algo sobre mi mejor amigo.

- - Está bien, sólo hazlo.

- - Y qué criterio utilizaré para elegir a uno.

- - No lo sé, te repito, sólo hazlo… - agachó la mirada – nos vemos la próxima sesión.

El verdadero problema es que no tengo amigos, entonces cómo elegir uno; es decir, cómo de la nada sacar algo, aunque ese algo sea lo más mínimo. Todo el camino me fui pensando en ello, bueno qué tal si hablo del viejo Fredo- pensé- parece ser bueno y siempre que nos topamos nos sonreímos mutuamente, él me deja un frasco de leche todos los lunes, martes y miércoles, yo le entrego el pasado ya vació y también le correspondo con $20.00. Nunca nos hemos fallado.

Pero qué cosas digo, ese inútil de Fredo no es mi amigo, es decir nuestra relación se basa en ese contrato que nos hemos establecido inconscientemente. En verdad que es complicado esto de las amistades, porque en este caso tampoco cuentan la Señora Isabel, ni el portero José, ni nadie.

Entonces descubría el amargo pasar de mi vida, son 25 años en este mundo y no cuento con ningún alma gemela, nadie ni nada.

De esa forma llegué a mi casa; aturdido y un poco mareado. Saqué las llaves y abrí la puerta, me introduje y la cerré.

¿Con qué así estamos?, dijo con voz altanera, con qué no tienes amigos, en verdad que eres un estúpido, qué no estoy yo aquí. Había olvidado a ella.

La vi, y percibí que en su mirar existía cierto brillo, cómo comprenderla; era demasiado mujer, de un modo sentía que se le partía el alma, que de un momento a otro estallaría en llanto reclamando la razón por la cual no había pensado en ella, media hora caminando pensando y nunca se me ocurrió ella, mientras sentía su tristeza yo me creía un completo idiota, un perdedor de los que arruinan todo, no merecía que ella estuviera aquí, mis ojos empezaron a pesar y hubiera llorado, del mismo modo en que yo presentía ella lloraría, pero ninguno de los dos lo hizo. Los parpados aún fuertes lograron rearmarse y no cayeron, la vieron una vez más y de otro modo veía su altanería, firmeza, como heroína. Ahora era demasiado afortunado.

Perdona, le dije. Ella dijo, no tienes que disculparte.

Así que fui a sus brazos de la manera frecuente, deje reposar mi cuerpo en ella, y ella me recibió con su calidez – venga – siguió hablando – sabes que siempre estoy para ti, hasta el momento en que no pueda más… porque estás consciente de que un buen día me tendrás que matar, dejarme en un oscuro pantano, ir a no sé donde y dejarme allí.

Yo no respondí, sabía que tenía razón. Otra vez se armó de fuerzas y siguió hablando, no te pongas serio, dijo, así es la vida.

No puedo concebirlo, es demasiado cruel. Todo lo que hemos vivido y de repente tener que dejarte de esa forma. Por fin una gota agridulce salió del ojo izquierdo, ella ya no pronunciaba palabras, poco a poco su calidez iba menguando, habla le dije, pero ella no habló… habla, pero ella no habló.

La vi de frente y noté que ya estaba cansada, demasiado cansada, tenía cicatrices de noches pasadas, huellas que jamás se borraron, en el centro una llaga crecía y crecía hasta que por fin reventó, conmocionado me alejé sin desprenderme de ella, y en eso una base también quebró dejándome desubicado, me levanté por completo… ella ya no me soportaba, así como también yo ya no la soportaba, por eso no pensé en ella en un principio.

Entonces supe lo que tenía que hacer, fui al sótano y de la caja de herramientas saqué el destornillador amarillo. Se lo incrusté una y otra vez, ella ya no hizo algo, ni una muestra de dolor o de arrepentimiento… ya había perdido la vida desde hace tiempo. La destacé, mientras lo hacía recordaba cuando llegaba borracho y ella me atendía, simplemente me abrazaba y borraba mis problemas, todo eso se había terminado. Ahora no era más que un conjunto de piezas sueltas, sin orden, aisladas. Las junté todas en una bolsa y, así como era su deseo las llevé al basurero de la ciudad (es decir un terreno baldío). Ya pasaban de las 10:00 P.M., así que tomé un taxi.

- A dónde lo llevó joven.

- A la calle 7, al basurero

- Y qué va a tirar, si se puede saber.

- Mi cama, se ha roto hoy en la tarde – mi semblante se mostró nostálgico

- Vamos, joven sólo es una cama.

Entonces lo comprendí: el inútil de Fred, sólo es el lechero; Isabel, la rentera; José, el portero y ella sólo era mi cama y nada más.

Alcé la vista y en el tarjetón leí el nombre junto a la pequeña foto de un viejo que parecía monstruo, el nombre era Juan. Tiré la cama.

- Qué te parece, Juan, si nos tomamos unos tragos

- Qué, para olvidar a su cama

- Sí, por eso.

En mi siguiente sesión con la psicóloga le hablé sobre Juan, de cómo habíamos bebido esa noche… a Juan ya nunca lo volví a ver.

enero 28, 2010

Vida - Basura


Así que decidí abandonar la Universidad. Tenía que plantearme, como lo dijo ella, metas, algún punto con el cual mida el progreso… en realidad eso no es lo mío, pero bueno, la cuestión es hacer cambios, y con ellos una vida; por eso decidí desertar. Encontrar un trabajo. Tener una novia. A fin de cuentas, estabilidad. Mis padres, al contarles tal decisión, me aplaudieron; muy bien, hijo, eso de la filosofía no te iba a dejar nada. Después cuando añadí el dejar pasar algunos semestres, para visualizar lo que quería, sí empezaron con su bla, bla, de sermón aburrido, pero nada grave. El problema se presentó al pasar dos meses, no había trabajo, no había novia… y por supuesto, tampoco estabilidad, la mayoría de los días me los pasaba tomando, ebrio o viendo la t.v. o las tres cosas (ebrio, tomando y viendo la t.v.), veía las caricaturas, reallity shows, noticias, paneles donde llevan a sujetos patéticos y que sólo los ven gente más patética… de esos veía yo.

El día que las cosas empezaron a cambiar, fue un martes, un día caluroso, llegó de pronto mi padre y me dijo: cabrón, este es el gorbo bury. El gordo bury tenía un aspecto sucio, vestía una playera blanca, pero que ya había perdido tal color debido a las manchas de sudor y demás suciedad. También lucía unas gafas gruesas, color café oscuro. Al principio pensé que ese tal bury era un idiota. El gordo me vio como pensando lo mismo sobre mí… ambos no estábamos equivocados.

Mañana te vas con él, ya a trabajar. Concluyó mi padre. Yo no renegué, acepté amablemente. El día continúo normal… dormí. El sueño que tuve aquella noche fue algo extraño, de pronto despertaba y tenía una sensación de huida, de querer escapar de algo o alguien, en realidad no sé de qué o quién. Salía por la ventana y corría, corría lo más rápido que me era posible, en ocasiones volteaba hacía atrás, para ver que tanto había me había alejado de mi persecutor, nunca nadie me seguía, sin embargo no dejaba de correr, extrañamente, me adentraba a un bosque, entre más penetraba más oscuro se hacía, pero al crecer la negrura, se desvanecía la preocupación por el pasado, por aquello que atrás de mi se encontraba o que jamás se encontró, ahora sólo hacía adelante y nada más… y adelante por fin había algo; un océano estrellado, pero estaba tan lejano, no lo podía alcanzar, de pronto algo me estruja y hace que me despierte, era mi padre, venga hijo, tienes que levantarte, ese bury te esperará en la av. a las 4:30 a.m. El sueño se repitió varias ocasiones, modificando sólo el final, es decir la forma de despertarme, pues me acostumbre a hacerlo a las 3:30, justo antes de llegar al océano.

A pesar de la ducha que me di, me dirigía aún somnoliento a eso de las 4:00, veinte minutos después llegué al punto acordado, ya estaba el bury allí, esperando fuera de un bocho descarapelado, con la misma playera blanca, después descubrí que todas sus playeras eran iguales. La diferencia es que ahora traía una camisa café desbotonada y una gorra del mismo color. Hola, lo saludé. Él sólo dijo vámonos, así transcurrieron los 15 minutos de viaje, llegamos a una estancia donde había sujetos vestidos igual que bury y un montón de camiones de basura, algunos ya salían y otros ya entraban, en ese momento volvió a hablar el gordo: el trabajo es fácil y sencillo, supongo que ya sabes de qué se trata… la gente ya tendrá su basura afuera, tú sólo la agarras, la echas al depósito y dejas el bote donde estaba, así lo haces por cinco horas. Volvió el silencio. Estacionó su bocho y luego fuimos a checar tarjeta, yo ya tenía una, también ya había preparado una camisa café y me sugirió que mañana trajera gorra. Hora de entrada 4:48. Nos reunimos con un grupo, bury me presentó y de inmediato nos fuimos a un camión, bury era el conductor, antes de subirse le dijo a Emilio, uno de los del grupo, “ay te lo encargo” e hizo una mirada señalándome, Emilio se sonrío y después me habló, anda súbete, te trepas de aquí (uno de los tubos del depósito), tú recoges los botes de aquel lado, junto a Mario, para que le eches la mano, el ruco ya ni puede. Mario era un tipo realmente viejo, arrugado y extremadamente lento, yo le calculé unos 65 años, me asombré al descubrir que apenas cumpliría 48 dentro de dos semanas.

El camión comenzó a moverse. Era como un navío que naufragaba por un mar de concreto. Yo un bucanero aferrado al mástil. Llegamos a la Colonia Zertuche como a eso de las 5:10, la primera en la que trabajaríamos. Los botes tenían buen peso, al vaciarlos salía un olor asqueroso, pero cada cinco minutos bury hacía funcionar la comprensora, se oía crujir la basura, nosotros seguíamos alimentando a la máquina con desperdicios de la gente. Alguna vez tenían cosas muy buenas, cuando eso sucedía nos la quedábamos, pero la mayoría de esas cosas se las dábamos al viejo Mario. Sólo una vez intenté hablar con él, pero la conversación fue tan vaga. En ocasiones me daba lástima.

Así pasaron cinco horas, visitamos tres colonias. Regresamos a donde el principio, checamos tarjeta todos menos bury, él tenía que ir a tirar la basura. Yo lo acompañé. Otra hora de silencio.

El día acabo, y aunque aparentemente no había hecho algo, me sentía tan productivo… tan feliz. Tenía el mejor trabajo del mundo, nadie me presionaba, hacía ejercicio, el viento fresco de la madrugada me abrazaba, después el sol ardiente y ganaba dinero. Por fin me sentía bien, lo único desagradable era el olor, pero después de cinco días me acostumbré, lo que si me tomó mayor tiempo fue eliminar el polvo que se adhería a mi cuerpo, terminaba con los ojos rojos y con mocos de mugre, pero nada grave. Lo solucioné con un pañuelo que me ponía al estilo bandido. El silencio lo arreglé con un mp3, así entonces cada mañana abordo la nave, esta me eleva mientras escucho a Wagner y contribuyo a la destrucción de esa basura, esta cruje a la par der rings des nibelungos, tan salvaje y tan sublime, tan frágil y abrumadora… a fin de cuentas, hermoso.

Hoy, desperté. Hice lo mismo. Este día aunque el sol ya se manifiesta, las nubes no dejan que muestre su resplandor, es una lucha de poderes, una entrega total de los algodones flotantes contra el astro, en el que el celaje definitivamente fracasaría, pero yo no lo interrumpiré, seguro que si ellas nos observan también saben que nosotros no podemos hacer nada contra el río asfáltico que ahora devoramos con nuestra nave, saben que no llegaremos a ningún lado.

Al pasar por una cuadra una de las casas no había sacado su bote, cuando eso sucede tocamos la puerta y gritamos “la basura seño”, si salen bien, si no tendrán que esperarse dos días a que volvamos a pasar. Bueno, toco y grito, después voy por el de la casa vecina, al regresar para dejar el bote, ya están sacando la basura de la otra casa, voy por esta y… es ella, aquella que hace casi tres meses me dijo que me planteara metas. Me quito los audífonos, en ese momento se entonaba rides of valkyries, y la saludo. hola… ya… estoy progresando. Ella lo afirma con tono sarcástico, sí, dice, pero eres el… señor de la basura. Lo soy, le respondo orgullosamente, y estoy feliz de serlo. Bueno, me alegra, dice ella después de cierto silencio. Vale, te veo luego, por fin me despido y me voy. Subo al camión. Al parecer comienzo a valorar más las pequeñas cosas. No necesito de metas, ni de novias, ni de trabajos, ni de estabilidad… sólo de buenas luchas, de batallas que promuevan la armonía, quiero cielos nublados y estrellas brillosas en un manto oscuro, quiero delicadeza combatiendo con furia. Entonces veo al viejo Mario y ya no me da tanta pena, él es parte del camino, este camino silencioso, sublime, tan lleno de belleza, lo recorremos juntos en esta nave mientras el aire golpea nuestras caras, sólo podía mejorar esta imagen los matices de la música romántica de Wagner, trato de ponerme los audífonos, ya estará en la última parte… mi favorita. Nos introducimos a una avenida y se combinan el acelere del camión, ese viento y mi poca peripecia al soltarme del tubo… caigo y una oleada de autos ya vienen hacía mí… tengo primero que escuchar las notas finales, una rueda pasa por encima de mi cabeza y me deja aturdido, bueno, ya inerte, sólo tengo capacidad para soñar, ahora sueño con música y el océano estrellado no esta tan lejos, por fin lo alcanzo y sigo corriendo en él, hasta que por fin me detengo y floto, floto en ese océano estrellado, que mucho me recuerda al basurero donde bury y yo dejamos los bloques de basura, desde entonces floto y sigo flotando… ya no supe qué pasó con la segunda llanta.

enero 22, 2010

El metafísico



Yo también conocí a un sujeto así, aunque debido a las circunstancias creo erróneo llamarle sujeto. Digo, conocí a un tipo llamado el “metafísico”.

Mi encuentro con él fue de cierta forma fortuito, sucede que coincidimos en una fiesta del colegio de la facultad… ambos estudiamos filosofía. Antes de ello, nunca habíamos cruzado palabras, es verdad que lo había visto, y supongo que también yo fui observado por él en algún momento; la facultad es tan pequeña que los rostros de alumnos y maestros en cierto tiempo se terminan por encontrar tantas veces que se vuelven familiares. Así era para mí este tipo, el metafísico. Algo familiar.

En dicha fiesta, en la terraza del consultorio de un compañero que ya antes había estudiado psicología, yo me dedicaba a acabar con el montón de cervezas que habíamos comprado, cuando mataba la octava botella alcancé a oír una conversación – yo me elevé, y fue como si saliera del mundo, pero de este mundo artificial… y cuando estuve consciente del verdadero universo, yo era ese mismo universo, éramos uno, pero no en ese instante, sino que siempre habíamos sido uno -, decía una voz elegante y propia, era el metafísico quien hablaba. Aquí me han de disculpar, pues no tengo certeza sobre las palabras exactas que él dijo, también no es confiable el número de cervezas que menciono, pero bueno fue algo parecido. Yo lo observé y lo escuché con escepticismo, algo en su discurso no me agradaba, yo más bien voy con las ideas de Fichte; el requerimiento de la otredad para reafirmar el consciente del yo, cómo podría saberme sin no hay otro. No discutí con él sobre ello, sólo lo escuché. Sus palabras llenas de pasión las llevó hasta el ámbito práctico, es decir cotidiano, que la escuela y el sistema educativo, que la sexualidad, que otras cosas que no recuerdo, así también no recuerdo cuando los demás se durmieron, quedamos únicamente despiertos en aquella terraza el metafísico y yo. Las estrellas en lo alto dibujaban unas amenazantes dagas que apuntaban a nuestra cabeza, dispuestas a caer en cualquier instante, tal vez ya caían y lo hacían lentamente, no sabía nada de ellas, estábamos sin armas ante ellas… sólo esperando el momento que llegaran y acabaran con todos, eso pensaba yo. Por otro lado, el metafísico no sólo se comparaba con la magnitud de las estrellas, él mismo era un estilete.

Hace frío, le dije. Entramos, o qué, él me contestó. En la sala de espera había un montón de cuerpos que dormían. No tenía sueño, él tampoco. Nos adentramos a una de los cuartos de consulta y seguimos con el diálogo. Dijo algo sobre la amistad, y por fin congeniamos en un punto muy aislado, en algo que me interesa más que el concepto (puesto que en la concepción no acordamos), es decir el sentimiento, una nostalgia invadía el cuarto, las palabras que decía iban cargadas de soledad.

Yo tuve que ir a orinar, dejé al metafísico en el sillón mientras parecía que seguía meditando en lo que pronunció. En el baño yo recordaba una de mis iniciaciones al gusto de la filosofía, y me remonté a unas conversaciones finales de Don Genaro, como éste dejó familia, hogar, seres queridos… y entonces lo supe. Regresé cautelosamente y entreabrí la puerta sólo para poder echar un vistazo sin ser visto, en el cuarto ya no estaba él, bueno sí estaba pero no era un humano, o no tenía forma de humano… era un huevo luminoso que se extendía por todo el lugar, era como luz, yo me conmocioné un poco, causé entonces algo de ruido, la luz como una implosión se redujo hacía el sillón y se volvió materia, pero era un hombre anciano, con sombrero y sarape, este inmediatamente se llevó las manos a la cara, pero al alejarlas era el mismo metafísico, ese con el que había estado platicando. Hey, qué pasó, le pregunté. Nada ya ha amanecido, respondió como si nada, yo seguí insistiendo, venga hombre, sabes de lo que habló, el rió con un tono burlesco, como aquel que siempre gana en un juego de azar y su oponente no puede hacer algo más que asumir sus derrotas. Los otros comenzaron a despertar. ¿Cómo no durmieron? Preguntó uno. No, hablamos toda la noche, respondió el metafísico. Tenemos que recoger, el lugar se ocupará temprano, dijo otro. Así se hizo y cada quien se fue.

En la escuela lo veo en ocasiones, ya no me es sólo alguien familiar, pero aún me encierra un gran misterio… sé que esconde algo, por ejemplo en temporada de frío, cuando todos enferman, él se acercó y estornudó, pero ese estornudo fue muy fingido, como queriendo pretender que su cuerpo está sujeto a enfermedades, que su cuerpo obedece a las leyes físicas y él no es una abstracción que se podría interpretar como luz, los otros le creyeron y le recomendaron que tomara algo, pero yo no. Al día siguiente ya estaba muy sano, qué te tomaste, le dije perspicazmente… e,e… no sé, algo que allí estaba en la casa, se zafó con dicha respuesta y se fue, escabulléndose de un posible interrogatorio que descubriera su identidad. Yo me quedé allí, ya era tarde, se había escurecido mucho y las estrellas brillaban intensamente, en qué momento se atreverían a cortarme, no lo sabía… pero ahora me resultaban algo amistosas.

enero 10, 2010

Sueños de grandeza



Mientras los demás discutían

En qué posición estarían

¡Qué defensa o delantero,

Lo que sea menos portero!

El pequeño Samuel muy discreto

Ya se había vestido de negro


Los otros chicos corrían tras el balón

Todos por el intento de meter si quiera un gol,

Samuel en cambio corría tras ellos

Estos eran en verdad sus sueños:


¡Ha sido falta y no ha sido gol!

Gritaba Samuel, controlando la situación.

Un día agradecidos con él estaban

Pero al otro, a su madre le recordaban.


La sorpresa la dio al escribir su carta de navidad:

No quiero juguetes ni nada especial

Solo dos tarjetas para poder jugar

Una amarilla y la otra para a la gente expulsar.


Qué tonto, qué desatino

¿Por qué me vino este hijo

que no le gusta Ronaldinho?

En cambio en su cuarto

La imagen de un árbitro

Así adornaba su entorno

Con el autógrafo de Germán Arredondo


Se decía su padre muy triste

Ay, Samuel, por qué te confundiste

La grandeza está en el campo

Pero no se haya silbando.


De alguna forma te tendré que componer

Y lo inscribió en una liga de soccer

Como delantero el número nueve lucía

Metía muchos goles, pero sin alegría.


Llegó a la selección

Y a ser campeón

Hasta que un incidente cambió la situación


Perdió de buen futbolista su imagen

Cuando lo eligieron para hacerse un examen

Sabía muy bien de matemáticas y geografía

Pero el examen era sobre si alguna droga consumía


En los periódicos se dio esta noticia:

Para superarse como deportista

Samuel juega dopado

Pero él contestó que no,

Pues el ser deportista nunca le ha interesado.