abril 13, 2010

réquiem apologético



Yo creía que este tipo de asuntos se manejaban de manera informal, pero cuando me dieron tarjeta de presentación y tuve que reservar cita… me dio cierta sospecha. Aún así, creí que era algo personal, un dilema que se resuelve cara a cara.

Allí estaba, sentado en la sala de espera. No había nadie más que yo y la recepcionista, realmente era bella, tanto que por poco olvidé la razón por la que estaba allí. Pero soy fuerte en mis convicciones y no me doblegué, estaba tan decidido en tenerla que no me importó la minifalda roja que traía la dama atrás del escritorio. Las paredes eran totalmente blancas, así que el anuncio de letras negras resaltaba a más no poder, este decía: tome un número y espere su turno… por favor sólo siéntese y espere su turno, la última advertencia se remarcaba en negritas y entre comillas, así, obediente a las órdenes, tomé un papelito y me senté. El número era el treinta y seis. El contador estaba sobre el escritorio, y llamaba al quince… ya les dije que sólo estaba yo, quise, entonces, acercarme e interceder para que me atendieran a mí sin pasar por las veintiún personas que, obviamente, no se encontraban, sin embargo al avanzar, la sexi secretaria me miró con tono molesto e hizo una mueca señalando el anunció, regresó su vista fulminante hacía mí y negó la acción que yo estaba por realizar, supuse que los cuidados y el acatamiento a las reglas debería ser estricto, así pues regresé al asiento. Pasaron algunas horas y por fin aplastó un botón que cambió el marcador al número dieciséis… ya con esto se han de imaginar la eternidad que tuve que esperar para que por fin llegara mi turno. Y por qué tanta paciencia, tanto afán por ser atendido; pues quién no soportaría todos los tormentos del mundo con la condición de cumplir su mayor deseo (de hecho este era el eslogan de la tarjeta: Cumple tu mayor deseo), y qué me dicen si ese tormento consiste únicamente en quedarse sentado, sin decir palabras, tres o cuatro horas… créanme, vale la pena. Todo para poder tenerla, me refiero a la dulce Isabel, la mujer de piel morena y ojos negros que todos los domingos se sienta en la primera banca, en la orilla que da al pasillo central, de la misa de las siete de la tarde, celebración en la que yo contribuyo con el coro… toco el violín. Es en lo único que sirvo y la verdad no soy muy bueno, pero me esfuerzo en sacar las notas más puras y por fin ser notado por ella, por Isabel, sin embargo esto nunca sucede, ella fija su mirada al sacerdote, mientras yo revoloteo con el violín, soñando con morder sus senos, con poder poseerla. Soñando, sólo soñando, pero las cosas cambiarían, porque estaba allí y por fin la chica de la minifalda apretó el botón que permitía pasar al número treinta y seis.

Me puse de pié y caminé directo a la puerta al lado derecha de la recepcionista, esta me detuvo preguntándome que número tenía, yo un poco molesto, le contesté, entonces ella se paró y abrió la puerta, pase por favor, me dijo, yo me introduje a la habitación y ella me siguió, la oficina estaba sola. Tome asiento, dijo ella, sabemos bien porque está aquí, hay alguien a quien quiere poseer… pues bien, aquí podemos conseguir que ella se fije en usted ¿le parece?, la pregunta era más necia que yo, cómo podría negarme a tal propuesta. Pero soy observador en esta clase de asuntos, vale, qué una cosa es hacer que se fijen en ti y otra, lograr que ella te ame, antes de detallar la trampa que muy probablemente me ponían, ella se excusó explicándome, nada podían hacer acerca de sentimientos, no podían lograr que ella me amara, en lugar de eso, acrecentarían una cualidad mía a tal punto que ella se fascinara y quede hipnotizada… tampoco crea que ella se obsesionará con su virtud, se defendió, no crea que trabajamos así como lo muestran las películas, no cambiaremos nada de la personalidad de Isabel. Entonces me convenció, seguimos hablando, yo elegí a mi violín como virtud para ser exaltada, y ella me mostró la forma en que trabajan.

Uno de nuestros sirvientes se introducirá, en este caso, en su violín haciendo que la mujer en cuestión, es decir Isabel, se percate de usted (pues usted estará tocando el violín), nosotros tentaremos a ella para que lo vea como algo maravilloso y tenga la necesidad de usted, nuestro trabajo termina cuando logré llevarla a la cama, porque eso es lo que usted en verdad desea ¿o no?

No me sorprendió la última afirmación, pues ya antes que estuvimos hablando, me dio muestras que conocía bien mis pensamientos. No acepté, sin embargo, hasta saber cómo sería el pago, le pregunté por eso, ella sonrió un poco y después de suspirar se dignó a contestarme, la verdad es que pago, pago no hay, sólo es una especie de trueque. Una virtud por otra, pero la virtud que nosotros le tomaremos serán por quince años, será tomada al momento en que nuestro trabajo concluya, y será elegida por el sirviente que ayudó en su empresa. Qué cualidad podrían quitarme, les digo, no soy bueno para nada, así que acepté. Acepto, dije, y al momento aparecí en misa, con mi violín y ella, Isabel, en el asiento de siempre.

La música que logré interpretar era tan bella, parecía un hilo que se anudaba en sí, entretejiéndose para formar una bufanda, con los puntos tan cerrados que no cabría entre ellos un alma, y esta se extendía dirigiéndose a Isabel, y como boa atrapando a su presa, se enredaba en la musa de mis sueños, ni tan fuerte pero tampoco tan débil, lo suficiente para elevarla y llevarla a mí. Después, las barbas de la bufanda musical se transformaban en diminutas agujas, soltaban al botín que me habían traído, y con esos dientes afilados que les he dicho, desgarraron su ropa, indefensa, desnuda, pero sobre todo maravillada. Sus ojos la delataban, un cierto brillo, de miedo, suspenso y deseo inundaba su mirada. Dejé de tocar. Aparecimos en el cuarto de un hotel, no era lujoso, no era bello, pero tenía lo necesario, la arrojé a la cama, también me desvestí, aventé todo al suelo, la ropa cubrió el violín, pero cuando me encaramé al cuerpo de Isabel, el instrumento se había trepado y estaba muy cómodo sobre la ropa. No le di importancia a eso, tenía una mujer desnuda a quien debía atender, mordí su labio inferior, seguí con el cuello, sus senos y cuando iba por el ombligo, el violín comenzó a tocar, maldito violín, su canto era hermoso, Isabel se incorporó y me hizo a un lado, venga, nena, continuemos, le dije, pero ella insistió en que una música tan sublime debía tener espectadores, que primero termináramos de oír la interpretación del violín, ella lo miraba con ternura, yo mientras, lo despreciaba, no soporté más y le di una patada, hice que se callara, quedó abajo del buro, Isabel se molestó un poco, pero pronto la contenté, volví sobre ella y cuando estaba por penetrarla nuevamente apareció el violín, no interpretó algo, solo sonreía maliciosamente, lo ignoré, cómo podría ganarme un pedazo de madera, regresé a complacer a Isabel, pero mierda, mi pene estaba tan escuálido, parecía una garra húmeda, el violín río con mayor fuerza, mi bella dama se percató del estado de mi miembro y también soltó una breve mueca de simpatía. Me precipité a sus labios mientras le masajeaba los senos, pero mi antes viril pene no respondía, mierda, recurrí a la mano, pero el cabrón estaba completamente muerto. Isabel se río de lleno y el violín se carcajeó desenfrenadamente mientras tocaba unas fanfarrias. Bueno, me dijo Isabel, si quieres en otra ocasión lo volvemos a intentar, pero yo no la dejé, espera, espera, le dije, así que ella se sentó mientras yo seguía con la mano y el violín con sus fanfarrias burlescas. Isabel se desesperaba, entonces recordé el pago por hacer que ella se fijara en mí, voltee a ver el instrumento y este aseveró y siguió riendo con mayor fuerza.

Ella se empezó a vestir. Todo se combinó. Te crees mucho verdad, pendejo, le grité al violín y lo tomé, dijiste que no habría trampas, ella me miraba atónita y fue allí que perdí el control, la volví a arrojar sobre la cama, le abrí hasta no poder las piernas y le incrusté el brazo del violín, ella gritó con fuerza, yo, mientras, sacaba y metía el violín bruscamente, ella es mía, ella es mía… regrésame mi virilidad, ella, mientras tanto, seguía gritando, pero ya no de dolor, se complacía con ello. Dejé entonces de hacer semejante acto de brutalidad, pero el violín continuaba encima de ella, yo no hice nada más que ponerme mi ropa y contemplar la faena que el violín le daba a la bella Isabel. Supongo que era el mejor sexo que tenía la mujer de mis sueños, se elevaron hasta el techo y, por fin concluyó, de pronto cayeron ambos, el violín quedó roto, Isabel también, la pobre abatió de cara, aún podía ver su sonrisa de satisfacción en su rostro desfigurado, todo lleno de sangre.

Por eso les digo, yo no la maté, fue el violín, yo… yo soy inocente.

abril 07, 2010

Un cuento de niños.



La pequeña hormiga se despertó realmente desesperada, salió de su cama gritando a todo pulmón “el cielo se caerá, el cielo se caerá”. La comunidad, muy preocupada, inmediatamente la llevó con la Reyna hormiga para que expusiera esa loca teoría de la caída del cielo. Ya ante la reina, la pequeña muy nerviosa se movía de un lado a otro repitiendo las mismas palabras “el cielo se caerá, el cielo se caerá…”. No esperemos más, dijo la Reina, debemos prepararnos para esta tragedia, la peor de la que hemos sabido. Así entonces, mandó a las obreras construir un refugio, a las recolectoras traer toda clase de alimentos, y a las mensajeras avisar a todos sus amigos. La pequeña hormiga, aún con miedo, habló nuevamente con la Reyna, me parece perfecto las medidas que está tomando, su Majestad, sin embargo, no creo que todo eso sirva mucho… el cielo es muy pesado, sabe, yo creo que alguien debería ir hasta allá y colocarle una capa de nuestro mejor pegamento. Nuevamente la Reyna, que era muy sabia, mandó a la pequeña ir al cielo y fortalecerlo para que no se cayera; mandó a la pequeña porque todos los demás estaban ocupados, además que ella era la ideal, puesto que sabía más que nadie, de los asuntos celestiales.

Muy de temprano la hormiga salió del hormiguero, con una gorra, un bote de agua, algunas provisiones de alimento y cinco kilos del mejor pegamento del hormiguero. Camino al cielo, caminó al cielo… y después de algún momento, miró arriba y se dio cuenta que el cielo estaba muy, muy… demasiado arriba, subiré la piedra más grande del planeta, se dijo, pero cuando llegó, miro arriba y el cielo aún estaba muy, muy arriba. Subiré el árbol más grande, se dijo la hormiga, y cuando llegó a la corona del árbol, volteó arriba y se dio cuenta que el cielo aún estaba muy, muy lejos. Iré a la montaña más alta del mundo, pensó y emprendió el camino, la pobre se acabo toda la comida y agua que tenía, pero siguió caminando. Cuando se encontraba con alguien que le preguntaba a dónde se dirigía, no le prestaba atención, sólo decía voy a pegar el cielo, el cielo se está cayendo y seguía su camino, mientras aquel que le preguntó se quedaba muerto de la risa.

Después de mucho, mucho tiempo, llegó a la punta de la montaña… como escaló más allá de las nubes creyó haber llegado al cielo, pero cuando subió sus ojos… el cielo aún estaba muy, muy lejos.

Entonces supo de los cohetes y fue por uno. El cohete subió y subió, pero nunca llegaba, entonces, la hormiga algo triste miró por la ventanilla y… por fin se percato… el cielo, ya se había caído.

Regresó a su hormiguero, y la mayoría de las hormigas trabajaban como locas, las obreras construían y construían sin importar destruir las viviendas de otras hormigas, las recolectoras traían basura y la comían. Otras hormigas no trabajaban, simplemente no les importaba nada, ni la vida. Oigan, oigan, dijo la pequeña, ya el cielo se ha caído… nos ha aplastado, pero seguimos vivos, ahora hay que pegarlo aquí y vivir en el cielo, puesto que jamás lo podremos levantar. Pero nadie la escuchó y siguieron con lo suyo, mientras la pequeña comenzó a unir el cielo en el mundo.

marzo 25, 2010

Fui gusano


Salí a caminar: aire, lo que necesitaba era aire. En esta ocasión no sólo la cabeza me lo pedía, tampoco el cuerpo lo exigía, es decir que este no se manifestaba con pequeñas convulsiones, golpeteos involuntarios a la nada. Era algo más de dónde provenía dicha necesidad. Aire, repito, mis deseos clamaban un poco de aire.

Pero, cuándo fue el momento en que me vi desprovisto de este vital elemento. No lo sé, de pronto me di cuenta que lo que respiraba no era precisamente oxigeno, entonces decidí salir y solucionar mi problema. Este cuarto es quizá muy pequeño, allá afuera las cosas serán mejores. Me dije.

Caminaba, pues, como todo humano lo hace, un pié y después el otro, siempre cayendo las plantas en tierra firme, un pié y después el otro, repetí esto, que a final de cuentas se llaman pasos, una eternidad de veces, o bueno, no exageremos quizá un poco menos que la eternidad, lo cierto fue que llegué al fin del mundo… lo supe porque me golpeé con el muro de la exosfera, eso me hizo recapitular el viaje que había emprendido, miré atrás y el mundo, era un lugar tan pequeño, y tan efímero… era como una maqueta lindamente decorada, pero a final de cuentas de cartón. Supuse que esa gente, la que habitaba en la maqueta, no sabía nada de eso, cómo podrían saberlo si eran tan pequeñitas, me dio lastima por ellas… yo, por el contrario, iba en busca de aire, y no del simple, sino de uno netamente puro, así que decidí continuar caminando, sin embargo al llevar a cabo mi decisión, me percaté que el mundo se había acabado, supe entonces que no encontraría jamás eso que calme mis deseos, vale, que yo también era tan persona como la demás gente, así mi corazón comenzó a secarse, no aguantó, creo, el impacto de la verdad. Cada segundo que transcurría el músculo se exprimía con mayor fuerza, noté como pasaba de ser un regocijante palpitador, a una especie de pasa seca que causaría risa a cualquiera que la mirase, claro, excepto a mí, puesto que yo ya no tenía la fuerza necesaria como para si quiera formular alguna leve sonrisa, mas de pronto una oleada grisácea nubló mi vista. Di el siguiente paso, pero ya no había tierra firme que pisar, al sentar mi andar hacia adelante, me fui desplomado al abismo. Disminuía junto a mi descenso, y al descenso el mundo también se desintegraba. Las montañas, y todo lo demás, caían como helados que se derriten ante el calor, todo era un líquido entre mezclado que estaba siendo absorbido por el resumidero de una bañera. Cuánta tristeza me invadió, ver las cosas terminar de esta forma, siendo tragadas por una coladera. Sólo quedé yo, que continuaba en picada. El mundo se quedaba inhabitado, el mismo mundo había sido devorado. Como yo continuaba cayendo mientras veía el espantoso espectáculo, no me dio tiempo en pensar en el golpe final que recibiría, me puse pues a llorar por esa, mi “vida”, que había sido consumida, los bosques, los ríos, los libros de historia, de filosofía, las religiones con sus iglesias, todo, absolutamente todo se había acabado. Adiós mundo, le grité, tenía que despedirme de él porque en conclusión fue un buen mundo, por supuesto que tenía defectos, pero quién no los tiene. Fue agradable haber estado allí, aún en los tiempos tristes… ¡ay, cómo lo quería! a pesar que fuera de cartón, y cuanto amaba a esa gente, sí, diminuta e ignorante, la amaba en demasía, y ese aire, no precisamente oxigeno, no era tan malo. Pero qué más daba, ya todo eso se había evaporado, y yo, mientras, caía y caía.

Entonces lo advertí, y por fin me hice la pregunta ¿quién era? No podría ser Argüello, puesto que la historia se había consumido, ya no existía dicho linaje, tampoco podría ser ese pedagogo, ya la educación no existía y ni siquiera había a quien educar, sólo estaba yo cuesta abajo, descendiendo. Y al ir cuestionando esto vi como mi nariz se desprendía del cuerpo y a la vez se volvía minúsculos granitos que seguían la misma dirección, lo mismo sucedió con el dedo, la mano y en sí con el cuerpo entero. ¿Quién era? Me seguía preguntando. No era padre, ni hijo, ni hermano, ni estudiante, amigo o compañero. Sabrá Dios cuánto estuve pensando y cayendo al mismo tiempo, pero ni llegaba a una respuesta ni llegaba al fondo. Porque debía haber un fondo. Todo debe tener un fin. Me dije. Sí, porque hay un principio. Y si hay un arriba, también hay un abajo. Me entretenía ahora con eso cuando de pronto llego algo sólido. Bien, pensé, ya todo ha concluido… en verdad existe el fin, pero oh sorpresa, comencé a trasminarme por los poros del nuevo suelo en que había caído, otro declive, un poco más grotesco que el anterior, y lo peor de todo: seguía reduciéndome. Otra eternidad fue la que estuve cayendo… y pensando. Debe haber un final – tenía la esperanza – y esa esperanza final, se presentó, era una luz inmensa, un fuego delicado. Parecía tan bella y una inercia, no sé si interior o exterior me atraía hacía allá, yo no podía hacer más que seguir y seguir, vale, pero había un problema, que aún no sabía quién era. Y mientras seguía me reducía, repito, entonces por fin lo entendí, al cruzar a la luz me desvanecería. La verdadera melancolía se presentó, estaba desapareciendo, quise dar vuelta y regresar, o más bien sólo pensé en hacerlo, no pude, no quise, el horror me invadía pero el deseo me movía, así que me mantuve firme… caía y caía, hasta que crucé y desaparecí, me confundí con la luz, Yo rodeado de dicha luz, ya no caía, simplemente flotaba; “todo era más grande, todo era más vivo”, y entre esa luz inmensa, entre esa delicada paz, por fin lo descubrí, serré los ojos y dije, sólo para confirmar: “Yo Soy Yo”.

Abrí los ojos. Ya no caminaba, así como caminan todos los humanos, me arrastraba, pues, como todo gusano rastrero. Mire a mi alrededor y todo, absolutamente todo seguía siendo tan efímero, tan vacuo. Pero ah, cómo quería ese mundo y cuánto amaba a las personas. Por fin respiré, este oxigeno y no otro más puro ¿por qué querría otros aires? Volví a serrar los ojos mientras mis pulmones se llenaban, Yo Soy Yo, repetí.

Desperté, aún estaba en el cuarto pequeño. Ya no deseaba, ni aire ni cosas mejores. Tampoco finales. Me vi en el espejo y estaba completo, mi nariz, mis dedos. También el mundo; su historia e instituciones. Sé quién Soy, me dije, y salí a caminar.

marzo 09, 2010

Triunfos sabor a derrota




Era una mañana tranquila, de esas que el ambiente desprende cierto aroma a tierra mojada, como si el día anterior el mundo se hubiera desgastado, pero ahora, es decir la mañana de la que hablo, descansara y viera aquello que logró con el esfuerzo anterior. Cualquiera podría describir el comienzo del día como bello, hermoso, así también cualquier idealista u optimista (y aquí en México existen muchos de ellos) prevería una agradable jornada. Lo que bien empieza, bien acaba.

Ese día empezó a las 4:00 a.m. para Juan, un pequeñuelo de siete años, su padre, de mismo nombre, le prometió llevarlo al juego de la pandilla, eso significaba que tenía que levantarse temprano, no tan temprano como lo hizo, pero es que cuando uno está tan ansioso por algo, no puede dormir bien, de hecho ni siquiera puede hacerlo mal, está en tensión del día de mañana, ya quiere que llegue, que el reloj quiebre las leyes del tiempo y avance a mayor velocidad, pero eso no pasa. Así que se duerme poco, pero contrario a lo que se pensara; que por el desvelo no se despertaría a la hora acordada, sucede todo lo contrario, o al menos esto le sucedió a nuestro pequeño Juan. Dos horas antes abrió los ojos el niño. En esas horas, ya con plena conciencia, el infante soñó con lo que sería el día de hoy, no con las obligaciones que tenía que hacer, sino con lo que disfrutaría de ellas. El niño ama el futbol, el niño ama a los rayados, su amor por ellos es tan grande, pero no tanto como lo es el amor de su padre, este Juan (el grande), se tatuó en el pecho el escudo de los rayados dentro de un corazón, y en la parte superior el nombre de “María”, esposa y madre de los Juanes, respectivamente claro. Pero continuemos con el inocente sueño del niño. Su padre, entraba de titular en el equipo amateur, en el de la colonia, anotaba dos goles y el Pancho, el padrino de Juanito, también metía un gol, ganaba la Florentina, así llamaron al equipo porque lo formó un tal Florentino ya hace mucho tiempo atrás, Florentino hoy ya es un anciano. Después, durante el camino al estadio del Tec, cantaba junto con Pancho y su padre cánticos dando loor al equipo regio, en realidad a Juanito le agradaba más ir él y su padre, pero no tenía nada en contra de su padrino, lo que sucede es que cuando estaban los tres, Juan el grande no le prestaba tanta atención al pequeño, y eso no le gustaba del todo al niño, pero a fin de cuentas la banda eran los tres, los dos Juanes y el pancho, y como le decía su padre: “a un amigo, jamás se le traiciona”. Bien, está era también la mentalidad de Juanito.

No contaré los detalles ilusorios de la fantástica mente del pequeño Juan; sobre las jugadas que se presentaron en el partido imaginario, me remitiré a decir que ganó el Monterrey, que fue un gran juego, y que antes de llegar a la casa, pasaron a un H-E-B y compraron carne, unas cuantas cervezas y muchas, muchas bolsas de papitas y fritos.

Ese fue el sueño del pequeño Juan, pero antes de eso sabía que tenía primero que ayudar a su madre a preparar lonches y a llenar la hielera de botes de agua, los cuales una noche anterior había metido al refrigerador. Para eso quedó con su madre a las 6 a.m., pero como les dije, ya paras las cuatro, Juanito tenía el ojo “pelón”.

Cuando el sueño o fantasía del niño fue interrumpida por la alarma, que por fin después de tanto esperar, se digno a llegar a la hora señalada por la madre, Juanito de un salto salió de la cama y se dirigió a la cocina, para su sorpresa, la cocina aún estaba deshabitada, María, como ya hemos dicho madre de Juanito, no se había despertado. El niño, con cierta desesperación, no notó la belleza de la mañana y eufórico decidió ir a la habitación de sus padres y reclamar a su madre la poca responsabilidad. No tocó la puerta y entró secamente con un grito: ¡mamá!, vociferó Juanito, dicho grito hubiera sido capaz de despertar a un elefante, pero quizá María tiene el sueño más pesado que cualquier elefante. El pequeño hizo esfuerzo extra hasta que, milagrosamente, logró levantar a la madre. Hicieron lo suyo, ella ponía mayonesa a los panes, por cada dos que María aderezaba, el niño colocaba a uno una rebanada de jamón y otra de queso amarillo, luego ella juntaba dos panes para así lograr un sándwich perfecto, hicieron dieciocho, uno para cada miembro de la “florentina”. La siguiente actividad no fue en equipo, el niño solo llenó la hielera… aunque sí obtuvo ayuda del padre para llevarla al carro.

A las 7: 30 a.m., ya estaban en el campo los tres: Juan el grande, María y el pequeño Juan, al igual que todos los miembros de la “florentina”, calentaron un poco.

Así como en el sueño del niño, “la florentina” ganó tres cero, Pancho efectivamente anotó uno de los goles, y aunque su padre no entró de titular ni metió goles, sí ingresó de cambió al minuto veinte del segundo tiempo, entró por su por propio compadre, ya que una llegada por atrás hizo que Pancho se lesionara y tuviera que abandonar el juego. A pesar de no ser lo soñado por Juanito, este se mostraba satisfecho, pero su alegría aumentó cuando Pancho decidió no acompañarlos al juego, “me duele mucho la pierna”, fue la excusa que dio.

Así, una situación emparejaba a la otra, solos los dos, padre e hijo cantándole a su equipo, apoyándolo, gritando los goles… conviviendo, la banda perfecta “los Juanes”, sin ningún Pancho.

En el primer gol de la pandilla los dos se abrazaron y besaron, en el segundo saltaron como locos, en el tercero el padre le prometió al hijo, si los rayados metían un cuarto gol, comprarle un gorro nuevo, de esos que parecen de bufón, y que hasta llegarían a comprar carne para celebrar la goleada… al minuto 46 del segundo tiempo cayó el gol que haría que se cumpliera lo dicho por el padre. Así lo hicieron. Al llegar a la casa, Juanito, nuevamente precipitado entró corriendo directo al cuarto de sus padres y lo abrió sin previo aviso. También en esta ocasión gritaba, pero ahora lo que decía era ¡ganamos, ganamos! Sin embargo toda su pasión se volvió confusión, atrás de él llegó Juan el grande, e igual que el niño, su felicidad se desplomó al ver a Pancho y a María, madre y esposa de los Juanes, respectivamente claro, desnudos en la cama. El niño sólo algo conmocionado quedó sin habla, el padre, en cambió, dijo un montón de cosas, las cuales no serán de su gusto querido lector, así que no se las diré. Tomó al niño y bruscamente se lo llevó, subieron al carro y vagaron por horas. Juanito veía tan triste a su padre, pero no entendía del todo, él, la “florentina” había ganado, los rayados habían ganado, y sin embargo su padre lloraba como si lo hubiera perdido todo.

Por fin pararon en un hotel, allí pasarían la noche. El cielo nocturno era tan inmenso, y estaba cargado de un aroma nostálgico, cualquiera podría describir el final del día como horrible o espantoso, sin embargo ninguno de los Juanes se percataba de ello, la banda de los Juanes estaba unida, pensaba el pequeño. El padre, sin embargo, aún lloraba, pero tenía cierto brillo en sus ojos, como si se preparara para una batalla sin descanso, como si se hubiera dado cuenta que después de aquél esfuerzo anterior no había logrado nada, pero no le importaba, porque lo que mal empieza… no acaba.

Esa noche empezó a las 11:59 p.m. para ambos Juanes.