enero 15, 2011

La tragedia del Silencio (o penitencia)


¿Esperando la muerte como un gato que va a saltar sobre la cama?

Pero la muerte no llegará, y usted ya es y siempre ha sido un montón de Nada.


Hablemos del silencio, ese que pesa y agobia al alma, pero al mismo tiempo la hace más firme.

Hace tiempo que alguien bien me aconsejo convivir con piedras y bosques, pues son estos dos quienes principalmente comprenden el silencio. Bien, el silencio lo afirmo como el sublime arte, puesto que sale de nuestro interior más profundo, siendo así la expresión propia de la naturaleza del ser, por ende es el reflejo más fiel de nuestra persona; de nosotros mismos – me encuentro en mi silencio y en él me conozco –, pero hay algo más que entender o descubrirse en los agentes piedra y bosque, lo pretendido es trascender de ellos para llegar a la intima relación; en el estado silencioso, allí donde el diálogo con nosotros mismos se intensifica, el único resultado posible de tal tensión es la ya mencionada firmeza del alma. El silencio, entonces, no sólo convive con la piedra y el bosque, sino que es piedra y bosque, piedra milenaria que hace romper los espantosos ruidos de las plazas públicas. Piedra angular que sostiene y soporta el mundo con todo y la realidad. El silencio es piedra y bosque, bosque impenetrable, lleno de misterio; sombrío de principio a fin, y sin embargo capaz de abrazar y dar hogar a las más tiernas y feroces creaturas.

Sólo ojos pulcros pueden ver en el bosque la belleza de la lobreguez de sus árboles. Sólo oídos pulcros pueden oír el canto de las aves en el bosque por las mañanas.

¡Sólo espíritus aventureros logran apreciar bosques como este!

¡Ah, mi silencio es piedra y bosque, y si mi silencio pudiera hablar diría que te amo!

En tal asunto consiste la tragedia del silencio, al ser delicadamente fino se requieren oídos nuevos para lograr apreciarlo ¿quién tiene Oídos, Vista… y en fin Sentidos Supremos hoy en día?, oh estimados señores, mientras el silencio esté, será terriblemente ignorado, y cuando se haga notar, corromperá su existencia, quizá al grado de desaparecer. En tal asunto consiste la tragedia del silencio, entre ser ignorado o dejar de ser.

Pero qué no hablábamos del silencio como fortalecedor del alma ¿no podrá, pues, esta encontrar un punto de equilibrio? Si piensas de tal manera, te encuentras en un grave error, la mediación aniquilaría la tragedia, cierto es, pero con ella también el corazón, ¿y qué clase de corazón busca su propia muerte?, no es pues la paz por lo que se mueve el corazón guerrero, aniquilar la tragedia no es superarla. Superar es sinónimo de vivir. ¡Se trata de vivir la tragedia!

Hay poetas falsos que median las cosas, y hay otros tantos que se dejan llevar por la corriente y repudian la vida mientras se revuelven en las aguas, me dan pena, pues, ambos casos. Pero también existen almas solitarias y silenciosas que abogan por las luchas y batallas feroces. El Solo siempre busca un compañero con quien pelear, en sus ataques siempre va un dulce sentimiento, es decir honestidad, una pequeña virtud que chilla en lenguaje taciturno y se entrega como fiel obsequio… si es aceptada, qué más da. Si es acogida, poco importa. Primero ha de romper los tímpanos de aquellos que se asoman a escucharla, antes de callar al alma.

Primero ha de romper los tímpanos, pero con ello les dirá créate un nuevo cuerpo. Así se convertirá en su amigo.

A fin de cuentas que sea el alma la que hable nuestro silencio, nuestro silencio hecho bosque y piedra.

- ¿Y no volvemos entonces a lo mismo? –

… ¡Ah, en verdad que mi silencio es piedra y bosque, y mi alma, que revolotea entre ellos grita que te ama!, pero al parecer las almas también son incomprendidas.

… Vivamos, pues, la tragedia.

enero 04, 2011

La Hoja


La hoja blanca dice más de mi persona que cualquier palabra, que cualquier frase. Ni siquiera la combinación de anécdotas se acercan un poco a la descripción de mi ser, como lo hace la hoja blanca; sin escrito alguno.

Por las mañanas saco una hoja limpia, la miro y así pasan las horas. El papel y Yo frente a frente, no nos hablamos, entre almas gemelas no son necesarias las palabras. Sería absurdo decirle algo cuando ella conoce a la perfección lo que siento. Yo sin embargo Soy más retardado, me cuesta trabajo descifrarla. Guardo la hoja y salgo a la calle, camino sin rumbo, de pronto me detengo – ya me he cansado – tomo como asiento cualquier banqueta. Pienso en la hoja y regreso desesperado a casa; tengo tanto que contarle a mi estimado papel, mierda no importa que me digan loco, le hablo y le susurro al oído: hoy he salido a dar un paseo, las nubes cubrieron mi camino y matizaron las calles de gris. El talón derecho ardió como no tienes idea, el dolor subió hasta el muslo, por lo que tuve que detenerme, una banqueta de lo más linda me brindo hospedaje, no por eso la aventura terminó. Supongo que se avecinan lluvias, allí en la banqueta que te he dicho, pasaba una línea de hormigas cargando suministro, una pequeña se perdió y empezó a dar vueltas como loca; giraba el puntito rojo, mientras rojos se volvían mis ojos. Giraba el puntito rojo, mientras mi corazón se revolvía a su antojo, y entre tantos giros y giros, vueltas y peripecias, mi alma como rehilete con el viento se escapó, no importando el dolor corrí tras ella, la alcancé de inmediato y la sujete con fuerza, y aquí estoy hoja blanca, con el alma de fuera y el corazón agitado. Aquí estoy hoja blanca contando lo que hoy me ha pasado.

La hoja, sin hacer movimiento alguno me escuchó. Volvemos a cruzarnos las miradas, ella sigue blanca muy blanca. Me sonríe y Yo le devuelvo el gesto. A un lado está la pluma que chilla: venga, utilízame. Escribe un poema sobre nubes, sobre calles grises, o… o mejor un cuento que trate de puntos rojos que alteran la mente y la realidad del protagonista. No le hago caso, esto es entre Ella y Yo.

Guardo la hoja y me echo a dormir, mañana será otro día.